El miércoles por la mañana intentamos que en el aeropuerto de Narita, cerca de Tokio, nos cambiaran la reserva de los vuelos que teníamos para el Londres-Madrid sin éxito porque ambos estaban llenos. Ante esta situación, facturamos todas las maletas con Angela, que llegaba antes a Madrid que yo.
Tras unas once horas agotadoras llegamos a Heathrow deseando que el tiempo pasara muy rápidamente. Sucedió todo lo contrario. Nos encontramos con una aeropuerto gigante, en obras, padeciendo un día nefasto. Llevaban dos días con cancelaciones y retrasos debido al mal tiempo y, por si fuera poco, ese día el sistema de facturación de maletas no funcionaba bien y muchos pasajeros no podían embarcar en los vuelos que sí operaban. Como quedaban algunas horas para nuestros vuelos, nadie nos podía confirmar si se cancelarían o no y pasamos un buen rato preguntando y solicitando información en medio de cierta tensión general (la torre de babel que es un aeropuerto como éste no ayuda mucho).
Angela volvía en uno de Iberia y yo en uno de British Airways, compañía que parecía estar pasándolo bastante mal a juzgar por el número de vuelos con retraso o cancelados desde primera hora de la mañana. Finalmente, el vuelo de Angela anunció su salida desde la puerta 7 de la Terminal 2. El problema es que todavía no sabíamos si mi vuelo, que salía una hora más tarde, tendría la misma suerte. Nos despedimos algo preocupados y volví a la Terminal 1, donde descubrí frustrado que mi vuelo estaba cancelado. A partir de ese momento, el aeropuerto se me apareció no ya como un lugar de paso sino como un pequeño mundo con sus pasillos, normas, vigilantes, empleados, técnicos y muchos, muchos, pasajeros en mi situación.
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