Divulgación científica frente a «la magia»

En más de una ocasión me he encontrado debatiendo las bondades de la investigación científica y he acabado escuchando la frase «pero es que saber cómo ocurre tal fenómeno X le quita toda la magia»

Ejemplos de manual son:

  • Qué son y cómo se comportan las estrellas.
  • Las interioridades de una flor.

No falla una, oiga. Suelen ser mujeres pero no es exclusivo de ellas. Imagino que tendrá que ver con el tipo de cerebro, más racional o más creativo.

En cualquier caso, responder con un «¿y no te parece fascinante conocer lo que realmente está sucediendo en el interior de esa estrella, que vemos tras un viaje por el espacio de miles de años de su luz emitida y que puede haber muerto ya en una explosión descomunal dejando tras de sí una rara estrella de neutrones?» no parece fascinar ni un pétalo, digo pelo.

Es que no lo hago bien. No soy buen divulgador. Quizá me exprese bien y describa con cierta propiedad estos fenómenos pero mis palabras no despiertan el asombro y, sobre todo, las ganas de conocer más.

Son necesarios otros mucho más preparados que son auténticos magos de la conversión de la fascinación por lo desconocido en la fascinación por lo conocido. Al fin y al cabo, siempre hay un inmenso espacio oscuro de sucesos en la naturaleza, inabarcable en una o muchas vidas humanas. Puesto que de esa parte nos sobra material, aprovechemos y demos una oportunidad a nuestros cerebros para mirar en el interior de las cosas y soñar que las comprendemos.

La valía de unos pocos divulgadores científicos como Carl Sagan no se mide por los minutos que dedicó a investigar sino a los miles de lectores y espectadores a los que condujo sin forzarlos por el camino del descubrimiento. En realidad se trata de un homenaje a nuestra propia especie y a su evolución y un ejercicio de honestidad intelectual con nosotros mismos.

¿Cómo funciona? es una pregunta a la que no debemos renunciar pero no todos estamos capacitados para responderla de forma que el interlocutor no se arrepienta de habernos… conocido siquiera.

Nostalgia retro

En el viaje a Japón del que volvimos recientemente, compré una videoconsola portátil (concretamente, la PSP). Es bastante potente y con las debidas modificaciones es capaz de cargar aplicaciones propias o desarrolladas por terceros sin necesidad de un acuerdo previo con Sony.

Una de estas aplicaciones es el emulador de juegos antiguos de LucasArts , scummVM, capaz de interpretar muchas de las aventuras gráficas que salieron de esos estudios hace más de diez años.

La instalación es muy sencilla y con una copia del juego original podemos disfrutar de nuevo de alguna que otra perla de nuestra adolescencia. Dicen que el sentido del olfato está intensamente relacionado con las zonas del cerebro responsables de la memoria y las sensaciones relacionadas con ciertos eventos. Esto quiere decir que un olor puede hacernos recordar un episodio muy antiguo y aparentemente perdido junto con las emociones que lo acompañaron. Es bastante evidente que los juegos de ordenador no huelen (aunque los libros sí, por cierto, y de qué manera tan importante en mi caso) pero una visión de un juego pixelado junto con su musiquilla electrónica de sintetizador ochentero nos transporta a muchos de igual manera a una tarde o noche concreta delante de un PC 486 dando vueltas hasta dar con la solución a un enigma planteado.

Un ejemplo que entró hace tiempo en el Salón de la Fama de los clásicos en el apartado de videojuegos es The Secret of Monkey Island, de LucasArts. Un ejemplo brillante de mezcla de sentido del humor y guion aventurero que cautivó a toda una generación y se convirtió en un icono respetado que ha envejecido bastante bien.

Siguiendo en esta línea, resulta irónico comprar un aparato de entretenimiento de última generación y destinarlo en parte a cargar juegos de otra era tecnológic. Si el juego pudiera reconocer dónde ha sido instalado, seguro que hacia alguna referencia sarcástica.

Monkey Island

Una vez abierta esta particular Caja de Pandora, recuerdo dos temas que me preocupaban de forma excepcional cuando me disponía a jugar en el primer “cuarto del ordenador” que tuvimos en casa:

  1. Disponer, en mi rápidamente obsoleto 486 DX2, de suficiente memoria para jugar a los juegos que compraba o me prestaban. Si no era así, rápidamente tenía que echar mano de discos de arranque pulidos hasta el último bit que eliminaban prácticamente cualquier proceso superfluo del sistema que pudiera impedir la carga del juego. Muchos juegos, de hecho, venían con la opción de crear discos de arranque específicos para cargarlos y eran buena materia prima para emplearlos como punto de partida de otros juegos.
  2. Vigilar que, por error, ningún familiar entrara en “el cuarto del ordenador” y le diera al interruptor de la luz cercano a la puerta pues una mala instalación del cableado provocaba que la regleta a la que estaban conectados todos los enchufes del PC se quedara sin corriente. Aún recuerdo una partida de DUNE 2 en la que llevaba unas horas sin guardar el estado de tan ensimismado que estaba (los fremen, los fremen) y mi madre, por error (probablemente pensando que me hacía un favor) apretó el interruptor y la pantalla se quedó en negro súbitamente. Me quedé de piedra unos segundos completamente bloqueado, intentando asimilar lo sucedido y luego empecé una retahíla de protestas y quejas (inútiles, como cuando te das con el pico de una mesa y quieres echar la culpa a alguien pero has sido tú el que se ha golpeado). Desde entonces, os lo prometo, guardo compulsivamente en cualquier juego.